Almas Rotas - Short Story · Track 1
Teoría del Complot
Jordy Stvaer · 20 de julio 2017
Así empezó una historia escribiendo el final, sentado a la orilla de la esperanza, susurrando al oído del silencio, esperando que mis letras cuenten la historia que ni el viento se quiso llevar cuando le conté.
Un año después, al borde del mismo lugar, con un lápiz ensangrentado... el arma de un asesinato. Su cordura fue la víctima del mismo escritor; con el lápiz y la sangre por tinta, le suplicó a gritos al viento que se llevase la culpa de un relato del que él mismo fue testigo.
En el hospital, antes de ir a la casa de los 5 muros, despertó de un intento de suicidio. Cuando abrió los ojos, le dijeron que Dios le había dado otra oportunidad, que no estaba en el infierno; sin embargo, por dentro sintió arder todo su ser, su alma ya muerta y de regreso en el mundo que hacía real el infierno, no escalado como Dante, sin fuego como el bíblico, sino como un tornado de sucesos que lo llevaron a buscar un arma, un lápiz con el que después cometería un delito...
Después de gritar al viento, buscó una caja, se metió en ella y con grapas se encerró. Después se engrapó la boca, arrepentido de todo lo que había confesado. Cuando el silencio lo traicionó, aquellos susurros se volvieron la prueba de un delito que le costaría su confianza y la libertad. Su condena era un mundo, como Platón decía en sus teorías: una caverna, una caja donde la realidad ya no existía, donde ni las sombras ni nada jugarían con él... En ese cargo empezó a recordar lo que hizo con su corazón.
El silencio no guardó el susurro de sus actos; el viento no sintió lástima de sus delirios. Por último, el juez fue la conciencia, la cordura en su tumba, con unas flores firmadas a nombre del corazón... En la caja, el escritor que no podía hablar, perdido en la culpa, el dolor y la desesperación, en su prisión, pensó en su corazón: el día que se lo puso en bandeja de oro a unas manos heladas. Esas manos pusieron su corazón junto a la basura, donde el odio le enseñó a caminar. Cuando escuchó el horrible hecho, buscó la lápida, dejó su pésame y se fue a buscar lo único que le daría lo que buscaba... Cavó un hueco bajo un árbol y se acostó; el viento lo llenó y falleció asfixiado... Inmediatamente, el escritor murió. Por fin fue libre de la culpa, el dolor y la desesperación.
Ese fue un final que escribió desde el principio...
Hace un año...
(Inicio)
A lo largo vi, en la orilla del mar, a un escritor que después subió a lo alto de un faro. Cuando caminé hasta donde él estuvo, me encontré una historia; mejor dicho, un final, un delito narrado con la poesía de todo un escritor en crisis. Al terminar, corrí hasta lo alto del faro y vi la caja engrapada. Cuando la abrí, encontré polvo y una nota que decía: «Por fin tuve el final que tanto deseaba». Había llegado muy tarde...
Un año, para ser exacto... Entre el clima, con un fuerte viento, salí al balcón del faro y solté el polvo de la vida de un lunático con una gran historia. Lloré por un segundo al saber que no pude hacer nada. Mis manos frías ahora entienden que tuve un corazón en mi mano, uno que llevé hasta un suicidio donde el viento fue cómplice por la culpa que cargaba al no poder llevarse palabras que, de golpe, le dieron una vez y otra vez... Ahora, ¿qué me queda?...
—¿Saltar?
Y salté del faro más alto del mundo, uno al que llegué muy tarde. En caída libre vi mis 11 años, con las manos tibias que sostenían al escritor; vi la relación más larga de mi vida. En caída libre, sentí en mis labios el último beso, el último «te amo», el último grito, la última pelea; cuando le abandoné, cuando suplicó que estuviese ahí, ya pálido, frío, muerto en vida. Lo destrocé, lo supo, lo sintió; era mi culpa y seguía cayendo en caída libre hacia un mar de tinta, convirtiéndome en el frío papel que siempre fui... Hasta que un destello en el cielo me recordó una noche en el pasto húmedo de un parque, mientras mirábamos el cielo estrellado. Me dijo: «Ahí estaré contigo, en esa estrella que brilla; aun cuando no esté, te prometo jamás dejarte, ser el primero incluso si soy el último»... Fue ahí cuando, en el atardecer, salió la primera estrella. La vi por un milisegundo y sonreí al caer de golpe al agua, morir.